A casi cinco décadas de su secuestro, la figura de Héctor Germán Oesterheld vuelve a cobrar fuerza como símbolo de la cultura y la memoria en Argentina. Creador de El Eternauta, su obra trascendió el mundo del cómic para convertirse en una referencia ineludible sobre la resistencia colectiva.
Publicada en 1957, la historia de Juan Salvo enfrentando una nevada mortal en Buenos Aires fue mucho más que ciencia ficción. Con el paso del tiempo, se leyó como una metáfora potente sobre el miedo, la organización social y la necesidad de enfrentar lo desconocido en comunidad.
Pero Oesterheld no se quedó solo en la ficción. En los años setenta, en un contexto de creciente violencia política, asumió un compromiso activo al integrarse a Montoneros. Esa decisión atravesó su vida y también su obra, que en sus últimas versiones adoptó un tono más directo frente al poder y la opresión.
El 27 de abril de 1977 fue secuestrado en La Plata durante la última dictadura cívico-militar. Permanece desaparecido. La represión también alcanzó a su familia: sus cuatro hijas —Estela, Diana, Beatriz y Marina— fueron secuestradas y desaparecidas, al igual que tres de sus yernos. Dos de sus hijas estaban embarazadas al momento de su captura.
Testimonios de sobrevivientes lo ubican en centros clandestinos como El Vesubio y Campo de Mayo, donde incluso en cautiverio seguía escribiendo y acompañando a otros detenidos. Su historia es una de las más estremecedoras del terrorismo de Estado en Argentina.
Hoy, su legado sigue vivo. La reciente adaptación de El Eternauta reavivó el interés por su obra, pero sobre todo por el mensaje que la atraviesa: frente a la adversidad, la única salida es colectiva.
Recordar a Oesterheld no es solo un ejercicio de memoria. Es también una forma de sostener, en el presente, una idea que sigue interpelando a toda una sociedad.




