La nueva esclavitud digital

En la era dominante de las pantallas, la humanidad está experimentando una progresiva desvalorización de su trabajo y su tiempo. Lucas Aguilera, magíster en Políticas Públicas y director de investigación de NODAL, lo expone con claridad: cada interacción digital —un “me gusta”, una historia efímera, una consulta en un motor de búsqueda— se convierte en valor económico para un reducido grupo de corporaciones transnacionales. Ya no se trabaja únicamente en horarios laborales formales; ahora se produce valor de manera gratuita y permanente mediante la generación masiva de datos que alimentan a la inteligencia artificial, un sistema que no impone su autoridad mediante órdenes directas, sino mediante mecanismos sutiles de seducción y recompensa inmediata.

Una aristocracia invisible

Tras los algoritmos se consolida una nueva aristocracia financiera y tecnológica que ejerce poder sin rostro ni territorio físico. No requieren palacios ni coronas: les bastan los centros de datos y los flujos de información. Transforman la aparente libertad individual en autoexplotación, el deseo legítimo de conexión en dependencia patológica y la indignación política en expresiones superficiales y estériles. El mecanismo, según Aguilera, reproduce una lógica histórica: antes fue la divinidad, luego la razón ilustrada; hoy es la “eficiencia” algorítmica. El núcleo permanece intacto: la exigencia de obediencia acrítica a un fetiche que se presenta como inevitable.

Invertir la lógica de poder

La inteligencia artificial no genera valor por sí misma: depende por completo de la inteligencia colectiva humana, de los cuerpos, las conversaciones y las experiencias cotidianas que le sirven de insumo. Sin esa contribución masiva y no remunerada, no existen datos ni surplus económico. Por ello, el desafío no consiste en rechazar tecnológicamente la digitalización, sino en disputar su dirección política. ¿A quién sirve realmente la inteligencia artificial? ¿A las élites concentradas o a las mayorías sociales? Aguilera propone reorientarla como instrumento de emancipación colectiva en lugar de dispositivo de control y extracción. El futuro no lo determinará la velocidad de cálculo de los algoritmos, sino la capacidad de los pueblos para organizarse, imaginar alternativas y afirmar soberanamente: “Aquí decidimos nosotros”.

Por Lucas Aguilera – Fuente: NODAL