Brasil llega al balotaje entre la polarización política y el hartazgo ciudadano

La segunda vuelta entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro estará marcada por una sociedad profundamente dividida, pero también por el creciente desencanto con la política tradicional. El 25 de octubre, los brasileños volverán a las urnas en una elección que puede definir no solo al próximo presidente, sino también el rumbo de la democracia del país. 

Las imágenes de los actos de campaña muestran una fuerte movilización alrededor de Lula y Flávio Bolsonaro. Sin embargo, detrás de esa participación aparece otra realidad: una parte importante del electorado está cansada de una disputa política que se mantiene prácticamente sin cambios desde 2018 y que, según el análisis de DW, no se traduce en mejoras suficientes en cuestiones como la seguridad y los ingresos familiares. 

Uno de los indicadores de ese desencanto es la abstención. En la primera vuelta, realizada el 4 de octubre, el 21,08% del electorado no concurrió a votar: unos 33 millones de personas sobre un padrón de más de 158 millones. La cifra es similar a la registrada en 2022 y representa un desafío para Lula, que necesita revertir la ventaja obtenida por Bolsonaro en la primera vuelta. 

A esto se suma el comportamiento de quienes votaron por candidatos que quedaron fuera de la segunda vuelta. Cerca del 8% de los votos fueron para esas fuerzas, varias de las cuales se declararon neutrales. El desafío para Lula será también disputar a los abstencionistas y penetrar en un electorado evangélico que durante los últimos años se mantuvo cercano al bolsonarismo. 

El cansancio con la política

El malestar no se limita a la disputa entre los dos candidatos. La campaña estuvo atravesada por acusaciones de corrupción y por el escándalo del Banco Master, que involucró a autoridades políticas, funcionarios del Banco Central y miembros del Poder Judicial.

El episodio profundizó la desconfianza hacia las instituciones y reforzó la percepción de que los principales sectores de la dirigencia brasileña continúan reproduciendo prácticas que ya habían provocado crisis políticas en el pasado. Para una parte del electorado, la polarización entre los mismos espacios tampoco ofrece una alternativa capaz de superar ese escenario. 

El desafío del PT después de Lula

El Partido de los Trabajadores enfrenta, además, un problema que excede la elección presidencial: la dificultad para construir un liderazgo capaz de trascender a Lula.

El presidente continúa siendo la principal figura electoral del PT, pero el desempeño de algunos de sus dirigentes expone las dificultades del partido para proyectarse hacia una etapa posterior. Fernando Haddad, señalado durante años como uno de los posibles sucesores de Lula, perdió la elección para gobernador de São Paulo frente a Tarcísio de Freitas, respaldado por el bolsonarismo. 

El resultado plantea una pregunta central para el PT: cómo conservar su capacidad de representación cuando Lula deje de ser candidato. El desafío se vuelve más complejo frente al crecimiento de una derecha que logró consolidar una estructura política propia.

Flávio Bolsonaro y la continuidad del bolsonarismo

La candidatura de Flávio Bolsonaro representa, en ese sentido, una nueva etapa para el movimiento construido por su padre, Jair Bolsonaro. El bolsonarismo conserva una importante presencia parlamentaria y una fuerte estructura política, mientras distintos integrantes de la familia Bolsonaro mantienen espacios de poder. 

Una eventual victoria de Flávio podría profundizar la disputa con las instituciones de control y modificar el equilibrio entre los distintos poderes del Estado. El crecimiento del Partido Liberal también le permitiría contar con una posición fortalecida en el Congreso.

De este modo, Brasil llega al 25 de octubre con dos fenómenos simultáneos: una polarización política que continúa movilizando a millones de personas y un creciente hartazgo de quienes sienten que esa confrontación ya no ofrece respuestas a sus problemas cotidianos. La elección definirá quién ocupará el Palacio del Planalto, pero también pondrá a prueba la capacidad del sistema político brasileño para salir de un ciclo marcado por la confrontación y la falta de renovación.