La fuerza de la agricultura familiar

Ocho de cada diez explotaciones agrícolas en la región son de familias campesinas e indígenas. Más de 60 millones de personas viven de esta actividad, produciendo entre el 60% y el 80% de los alimentos frescos que llegan a las mesas de millones. Sin embargo, solo controlan el 23% de la tierra cultivable, mientras que el 10% de los propietarios más ricos acapara el 75%. Esta brecha no solo perpetúa la desigualdad, sino que amenaza la soberanía alimentaria y expulsa a quienes trabajan la tierra.

Comunidades que resisten y alimentan

Pese a las adversidades, la AFCI no se rinde. Desde ferias locales hasta cooperativas y redes de comercio justo, estas familias sostienen sistemas productivos que cuidan la biodiversidad y fortalecen el arraigo rural. En Argentina, por ejemplo, producen el 70% de la yerba mate y más de la mitad de las hortalizas. En Brasil, programas de compras públicas llevan alimentos campesinos a las escuelas. En Colombia, el cacao (95%) y el café (82%) dependen en gran medida de estas comunidades. En Chile y Bolivia, su aporte también es clave, cubriendo hasta el 90% de los alimentos frescos en algunos casos.

El desafío político por la soberanía alimentaria

El camino no es fácil. La falta de acceso a créditos, infraestructura y mercados, junto con políticas públicas inestables, limita el crecimiento de la AFCI. Sin embargo, experiencias como los mercados de cercanía, la agroecología y las compras estatales muestran que hay alternativas viables. Fortalecer a estas comunidades requiere decisiones políticas urgentes: garantizar el acceso a la tierra, impulsar financiamiento y crear polos tecnológicos que trabajen codo a codo con quienes producen. En un continente donde el hambre crece, la agricultura familiar es la clave para un futuro más justo y sostenible.