Durante el primer trimestre de 2026, los puestos registrados en el sistema formal crecieron apenas un 1,1% a nivel nacional, un ritmo menor al esperado para este período. En varias regiones, sobre todo en el sur —como Guerrero, Chiapas o Campeche—, incluso se registró una caída en la creación de empleo formal. Esta tendencia también se replicó en algunos polos industriales del norte.
El problema de fondo es claro: la economía no está generando suficientes puestos para absorber a quienes buscan trabajo. En los primeros meses del año, la cantidad de nuevos empleos ni siquiera alcanzó la mitad del crecimiento de la población económicamente activa. Como consecuencia, crece la informalidad y aumentan las condiciones laborales más precarias.
Ahora bien, no todo es negativo. Los ingresos vienen mostrando señales de recuperación. El salario mínimo tuvo una suba real del 8% interanual, recuperando niveles de poder adquisitivo que no se veían desde principios de los años 80. A esto se suman mejoras en contratos colectivos y en el salario promedio registrado.
Este avance impacta en la distribución del ingreso y podría contribuir a reducir la pobreza. Sin embargo, hay una alerta: el costo de la canasta básica viene subiendo por encima de la inflación general, lo que pone en riesgo parte de esa recuperación salarial.
De cara a lo que viene, las proyecciones no son alentadoras. Se espera que en todo 2026 se generen alrededor de 330 mil empleos formales, una cifra insuficiente frente a la demanda laboral creciente.
En síntesis, México enfrenta un desafío estructural: mejorar los ingresos sin descuidar la creación de empleo de calidad. Un equilibrio que, por ahora, sigue pendiente.




