El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, volvió a encender la polémica con declaraciones de alto voltaje: aseguró que su país podría “tomar Cuba casi inmediatamente”, en medio de un nuevo endurecimiento de las sanciones contra la isla.

Las afirmaciones se dieron durante un evento en Florida, donde el mandatario dejó entrever un escenario de presión creciente sobre el gobierno cubano. Incluso mencionó la posibilidad de desplegar un portaaviones frente a las costas de la isla como forma de intimidación, aunque aclaró que cualquier movimiento llegaría después de cerrar el conflicto en Irán.

Más allá del tono provocador, lo concreto es que la Casa Blanca avanzó con una orden ejecutiva que amplía significativamente el alcance de las sanciones. A partir de ahora, no solo se apunta contra el Estado cubano, sino también contra empresas, funcionarios e incluso personas que generen ingresos vinculados a sectores clave como energía, minería o servicios financieros.

La medida también impacta a actores internacionales: bancos y compañías extranjeras que operen con Cuba podrían enfrentar restricciones severas en Estados Unidos, como la congelación de activos o la imposibilidad de operar en dólares.

Desde La Habana, la respuesta no tardó en llegar. El canciller Bruno Rodríguez rechazó las amenazas y aseguró que el país no se dejará presionar, destacando el respaldo interno al gobierno tras recientes movilizaciones.

El nuevo paquete de sanciones se da en paralelo a la política exterior de Washington hacia Irán, lo que refuerza un escenario global atravesado por tensiones múltiples. En ese marco, Cuba vuelve a quedar en el centro de la estrategia estadounidense, impulsada también por el peso político de la comunidad cubana en Florida.

El trasfondo es claro: más allá de las declaraciones, la ofensiva combina presión económica, posicionamiento geopolítico y señales hacia el electorado interno. Mientras tanto, el futuro de la isla vuelve a depender de un tablero internacional cada vez más incierto.