La actividad industrial en Argentina atraviesa un momento delicado. Según el último informe del INDEC, en febrero el uso de la capacidad instalada cayó al 54,6%, dejando a casi la mitad del aparato productivo sin utilizar. Se trata de uno de los niveles más bajos de los últimos años, comparable con períodos críticos de la economía.

Un mapa productivo con dos caras

El escenario no es homogéneo. Mientras algunos sectores logran sostenerse, otros evidencian caídas profundas. Para el economista Claudio Caprarulo, la industria atraviesa un “modo supervivencia”, con una fuerte desigualdad entre rubros.

En ese contexto, la refinación de petróleo aparece como la gran excepción. Impulsada por el desarrollo de Vaca Muerta, el sector opera cerca de su capacidad máxima, incluso por encima de sus promedios históricos.

Sectores golpeados y consumo en retroceso

En la vereda opuesta, las industrias vinculadas al consumo interno y la construcción muestran números críticos. El sector automotor trabaja a menos del 40% de su capacidad, mientras que el textil también registra niveles similares, comparables con la crisis de principios de los 2000.

El caso automotriz refleja además un cambio estructural: aunque las ventas se mantienen, la producción local pierde terreno frente a las importaciones. Actualmente, más del 80% de los vehículos vendidos en el país provienen del exterior, en un contexto de crédito caro y mayor apertura comercial.

Una industria en tensión

Los datos exponen una industria fragmentada, donde el impulso del sector energético convive con un entramado fabril debilitado. La caída de la producción y el aumento de la capacidad ociosa abren interrogantes sobre cómo reactivar la actividad sin profundizar las brechas entre sectores.