River Plate vive un momento de dicotomía total: por un lado, una institución que parece un gigante europeo con ingresos récord, obras faraónicas y acuerdos millonarios; por el otro, un plantel que tropieza, no hace goles y genera preocupación en Núñez.
La estructura que ilusiona
Bajo la presidencia de Stefano Di Carlo (asumido en noviembre), el club avanza a full: techado del Monumental en marcha, naming rights nuevos, recitales que llenan la caja y una planificación ambiciosa que proyecta invertir 20-25 millones de dólares en refuerzos antes del 10 de marzo. River se posiciona como un club global, con orgullo institucional que no depende de un fin de semana.
El equipo que no acompaña
En cancha, la realidad pega fuerte. Arrancó el Apertura 2026 con triunfos ante Barracas y Gimnasia, pero después vino la goleada 4-1 en casa contra Tigre (con 85.000 hinchas) y la derrota 1-0 ante Argentinos Juniors. Sequía goleadora preocupante: Colidio (23 partidos sin gol), Salas (12), Driussi (14). Quintero asumió culpas públicas: «En River no puede pasar esto». Gallardo, con máxima exigencia, fue expulsado en el último partido y persisten rumores de desgaste.
Llegaron refuerzos como Aníbal Moreno (7M USD), Matías Viña y Kendry Páez, pero el funcionamiento no aparece. No clasificó a Libertadores 2026 (golpe durísimo), quedó eliminado en Mundial de Clubes y Sudamericana como consuelo. La dirigencia moderniza todo, pero el equipo sigue enredado en un laberinto de errores y falta de gol. En River, la vara es altísima: el estadio lleno aguanta, pero cuando el silencio pesa, la presión es brutal. Urge que el fútbol acompañe la grandeza institucional.




