A medio siglo del 24 de marzo: el mapa del terror y la deuda genética en Tucumán

Este 24 de marzo de 2026 marca un aniversario de peso para la historia argentina. Al cumplirse 50 años del golpe de Estado de 1976, la radiografía del terrorismo de Estado expone números que siguen impactando y, sobre todo, revela que el proceso de Memoria, Verdad y Justicia todavía tiene deudas urgentes por saldar en nuestra provincia.

La logística urbana del horror

La reconstrucción histórica de estas cinco décadas derribó el mito de que los secuestros y torturas ocurrían únicamente en zonas aisladas. Según los registros oficiales actualizados, entre 1974 y 1983 funcionaron 814 centros clandestinos de detención en todo el país, la gran mayoría incrustados en el corazón de zonas urbanas densamente pobladas.

Mientras que a nivel nacional la ESMA (Capital Federal), La Perla (Córdoba) y Campo de Mayo se convirtieron en los mayores engranajes de exterminio y apropiación de bebés, Tucumán tuvo su propio epicentro con La Escuelita de Famaillá. Hoy, muchos de estos espacios fueron reconvertidos en Sitios de Memoria para preservar las pruebas judiciales y educar a las nuevas generaciones.

Los nombres que faltan y el trabajo del EAAF

Más allá de la condena a los responsables, la gran herida abierta de la democracia es la restitución de identidad. Actualmente, hay alrededor de 600 cuerpos recuperados a nivel nacional que continúan como «NN», y cerca de 100 de esos casos corresponden a Tucumán.

Acá es donde el rol del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) se vuelve vital. Desde el año 2006, los especialistas trabajan de forma ininterrumpida en suelo tucumano, realizando excavaciones y análisis en puntos críticos como:

  • El Pozo de Vargas.

  • El Arsenal Miguel de Azcuénaga.

  • El Cementerio del Norte.

Una carrera contra el tiempo

A pesar de que el EAAF logró identificar a más de 800 personas en todo el país desde su creación, en Tucumán advierten que apenas cuentan con el 15% de los perfiles genéticos necesarios en relación con las denuncias existentes.

El mayor obstáculo actual es biológico. Los antropólogos insisten en que necesitan que más familiares se acerquen a donar muestras de sangre o a actualizar sus datos. Sin ese material genético para hacer los cruces de ADN, la ciencia se topa con un límite infranqueable y esos restos no pueden volver a sus familias.

A medio siglo del inicio de la etapa más oscura del país, la búsqueda de los desaparecidos no es un capítulo cerrado, sino un proceso activo que hoy depende más que nunca del aporte de los familiares para vencer al paso del tiempo.