Osvaldo Piro, un ícono del tango, dejó una huella imborrable en la cultura porteña. Nacido en 1936 en La Paternal, apenas unos meses después de la inauguración del Obelisco, Piro llevó el espíritu de Buenos Aires en cada nota de su bandoneón. Falleció a los 88 años en La Falda, Córdoba, donde vivió sus últimos días, tras enfrentar una enfermedad que lo llevó a una internación reciente, según informó la Academia Nacional del Tango.

Un tanguero de cuna, forjado en las grandes orquestas

Desde chico, Piro respiró tango. A los 10 años ya estudiaba bandoneón con Félix Cordisco y, a los 11, formaba parte de un trío infantil. Su talento lo llevó a las manos de maestros como Domingo Mattio, de la escuela de Aníbal Troilo, y a los 16 ya tocaba en la orquesta de Alfredo Gobbi. Pasó por las agrupaciones de Ángel D’Agostino, Fulvio Salamanca y el mismísimo Troilo, quien le regaló uno de sus bandoneones. Sin formación académica, pero con una pasión inmensa, Piro se convirtió en un referente de la música ciudadana.

Un legado que brilló en escenarios y grabaciones

Piro no solo tocó en los bares y teatros de Buenos Aires, sino que llevó el tango al mundo, desde Europa hasta Japón. Dirigió la Orquesta Nacional Juan de Dios Filiberto, dándole prestigio internacional, y la Orquesta Provincial de Música Ciudadana de Córdoba. Grabó discos, compuso obras como “Octubre” y “Azul noche”, y acompañó a grandes como Susana Rinaldi. Su versatilidad lo llevó al cine, el teatro y la radio, ganándose premios como el Konex, el Martín Fierro y el título de Ciudadano Ilustre de Buenos Aires.

Entre la tradición y la modernidad, un puente al futuro

Piro fue un tanguero del siglo XX que supo tender un puente entre lo clásico y lo nuevo. Influenciado por Troilo y Piazzolla, combinó arreglos orquestales con sonoridades modernas sin perder la esencia del tango. Su sonrisa canyengue y su estilo único lo hicieron inolvidable. Deja cinco hijos, una carrera prolífica y un legado que seguirá sonando en cada rincón tanguero.